miércoles, 23 de febrero de 2022

Cuento breve de la cuesta

    En el amanecer de un otoño ligero, iba el niño por la cuesta, camino del colegio. Ante él, un carril, de color gris, manchado por el rocío recién estrenado y cortado por algún escalón traicionero. Los bares se desperezaban a su derecha; al otro lado, tiendas de toda clase y condición. Al fondo, sobre el todo, quedaba la ciudad, que comenzaba a perfilar su silueta mientras la luz, lejana pero implacable, terminaba de aclararse.

 

    Esquivando un bosque de ágiles piernas, sentía cómo la gravedad hacía su trabajo y le ganaba la carrera al tiempo, dejándose llevar. Para él no supone ningún reto. Cada día, tantea la felicidad en ese trayecto, dando a cada mañana su propio afán hasta que llega al final y se para a admirar la graciosa y amplísima plaza que, en pocas ocasiones, cuenta con más de veinte pasajeros habitantes a la vez.

 

    Mientras cruzaba de acera para llegar a su particular desembocadura, echó un último vistazo hacia atrás -¿miran los niños hacia delante alguna vez cuando andan?- para admirar su matutino pero importante logro, cuando escuchó el chillido de una moto, de la cual sólo recibió un fogonazo en sus ojos, que comenzaba a embestirle. Instintivamente se echó a un lado con la mala fortuna de tropezar con un bordillo, cayendo en lo que parecía un abismo y levantando su mirada rápidamente, más por vergüenza que por supervivencia, para detenerla en un gigantesco azulejo de color rojo, con un crucificado que presidía el conjunto.

 

    Nunca había parado a fijarse en aquel Cristo, que le recordó a uno que sus amigos le habían enseñado en el patio del recreo, aunque no supo identificarlo. Se solapaban dos focos dispuestos a sendos lados con un incipiente rayo de luz, que dibujaban en la cerámica dos paletas de colores fácilmente distinguibles: hubiera sido entendible que el pobre se sintiera abrumado ante aquella visión tenebrosa. Pero a él, por algún motivo, no se le antojó extraño.

 

    Después de levantarse y tocarse la rodilla para calmar su dolor, lo miró, se santiguó (como le había enseñado su madre) y siguió hacia la meta mientras se concentraba en acompasar sus pasos con su nueva respiración.


(Publicado en el boletín de la Archicofradía del Amor nº116)



jueves, 18 de marzo de 2021

Paisajes I

La noche. La esquina dormida, el viento
liberando hojas, la canción del río
navegando la sierra a grandes tragos.
¡Azul es el arrullo del vacío!
El porche. Terminar el duermevela
e ir adentro, dejando atrás al frío.

viernes, 3 de abril de 2020

Viernes de Dolores

En su afán, una luz clara de mañana
ha profanado el dintel de la puerta.
Al fondo, la plata está vertida 
sobre un espeso mar de incienso.

Al pasar el umbral del coro, te cruzas
con rostros mezclados en tu recuerdo
junto a otros nuevos,
y escuchas la algarabía de las familias,
un oboe, un timbal, un tenor,
un violín esperando el sí de una campana
marcando las doce y cuarto,
y el llanto desvelado de un niño que antaño fuiste tú.

El eco de tus pisadas va marcando el ritmo
en el que luego cantarás el Ángelus.

Has aguardado este momento tantas veces
que el tiempo ha perdido su forma
para que puedas grabar este instante en tu alma.

Es Viernes de Dolores, hoy el presente te traspasa
mientras la Virgen del Valle, sola, quebrada de dolor,
llora en la cumbre su profunda pena.
En sus ojos verdes permanece, reflejada,
tu silueta deformada y centelleante
junto a la de los tuyos,
antes de que se apague la última vela
y te pierdas, junto a Ella, bajo el morado antifaz. 

domingo, 2 de febrero de 2020

Libertad

Igual que hay romances de años
o amores que duran días,
hay miradas que sonríen
y sonrisas que enamoran.

Cuéntame con tu mirada,
que me muestren tus labios
de qué se habla en tu patio
o el verdor de tu jardín.

Sigue cantándome,
que no hay verso más bonito
ni canción más profunda
que la estallante melodía de tu risa.

Desconfía de los rumores,
porque no me cautivan los balcones;
que hay fachadas ricas, llenas de adornos,
maestras del engaño y la conveniencia
con miseria entre sus paredes
y vecinos de cartón piedra.

Mientras tanto, 
yo,
que no soporto ver desordenados
mi pecho, mi vientre y mi nombre
por otra persona,
temiendo volverme un esclavo,
al verte
entiendo que no hay nada más puro
ni mayor libertad en esta vida
que la de tener como única patria
un pecho, un vientre, un nombre
correspondido, verdadero e infinito.

Si fuera preso de ese amor exaltado,
yo sería un feliz condenado.
Cuando nos terminemos el último vino,
amada carcelera, 
tira la llave de mi prisión
y disfrutemos de nuestra íntima libertad
hasta que se nos acabe el tiempo
y el viento nos lleve hasta el océano.

sábado, 4 de enero de 2020

Remordimiento

   Sin quererlo, me abruma el precipicio
del tiempo respirado…
La doliente penumbra del camino
sin horizonte claro.
   Qué cerca está el recuerdo del olvido,
como un sol milenario
que se vierte en el fondo del abismo
cuando llama el ocaso.
   Poco queda en el breve desvarío;
un gozo enamorado,
una mirada al pasado vacío,
una orilla y un prado.

sábado, 21 de diciembre de 2019

VII

   La luz de la mañana
se hincha entre las hojas de la palmera.
El delicado canto
del primer mirlo, la postrera estrella
adornando la lejana espadaña.
¡El descanso, la apacible glorieta!
Borbotean las aguas cristalinas
sobre el mármol de la fuente serena.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Idilio renovado

No quise conocerte, pero te vi
tras los huecos que dejaste en tu figura,
quizás buscando una orilla
donde descansar del aire envenenado.
Quieto estuvo el mar
donde resonaron
los rumores de tu presencia.

Te miré sin querer saber de ti,
como un niño miedoso,
y a tu alrededor verdeaba la yerba
con la luz de abril,
bajo un sol en plenitud cuyos rayos

ardientes y violentos
iban desvelando la verdad de mi deseo.

Ahora, cuando quiero ser dueño de mi libertad
me hallo todo desordenado, inmerso en ti,

condenado a la verdad serena
de tus labios,
donde marcas el tiempo en cada beso estrechado
y donde todo es, al fin,
el comienzo de una ventura sin rumbo.

No debí mirarte la primera vez que apareciste.

A quién pretendo engañar…
Si quise conocerte desde el primer instante que te vi.