En el amanecer de un otoño ligero, iba el niño por la cuesta, camino del colegio. Ante él, un carril, de color gris, manchado por el rocío recién estrenado y cortado por algún escalón traicionero. Los bares se desperezaban a su derecha; al otro lado, tiendas de toda clase y condición. Al fondo, sobre el todo, quedaba la ciudad, que comenzaba a perfilar su silueta mientras la luz, lejana pero implacable, terminaba de aclararse.
Esquivando un bosque de ágiles piernas, sentía cómo la
gravedad hacía su trabajo y le ganaba la carrera al tiempo, dejándose llevar.
Para él no supone ningún reto. Cada día, tantea la felicidad en ese trayecto,
dando a cada mañana su propio afán hasta que llega al final y se para a admirar
la graciosa y amplísima plaza que, en pocas ocasiones, cuenta con más de veinte
pasajeros habitantes a la vez.
Mientras cruzaba de acera para llegar a su particular
desembocadura, echó un último vistazo hacia atrás -¿miran los niños hacia
delante alguna vez cuando andan?- para admirar su matutino pero importante logro,
cuando escuchó el chillido de una moto, de la cual sólo recibió un fogonazo en
sus ojos, que comenzaba a embestirle. Instintivamente se echó a un lado con la
mala fortuna de tropezar con un bordillo, cayendo en lo que parecía un abismo y
levantando su mirada rápidamente, más por vergüenza que por supervivencia, para
detenerla en un gigantesco azulejo de color rojo, con un crucificado que
presidía el conjunto.
Nunca había parado a fijarse en aquel Cristo, que le recordó
a uno que sus amigos le habían enseñado en el patio del recreo, aunque no supo
identificarlo. Se solapaban dos focos dispuestos a sendos lados con un incipiente
rayo de luz, que dibujaban en la cerámica dos paletas de colores fácilmente
distinguibles: hubiera sido entendible que el pobre se sintiera abrumado ante aquella
visión tenebrosa. Pero a él, por algún motivo, no se le antojó extraño.
Después de levantarse y tocarse la rodilla para calmar su
dolor, lo miró, se santiguó (como le había enseñado su madre) y siguió hacia la
meta mientras se concentraba en acompasar sus pasos con su nueva respiración.