Igual que hay romances de años
o amores que duran días,
hay miradas que sonríen
y sonrisas que enamoran.
Cuéntame con tu mirada,
que me muestren tus labios
de qué se habla en tu patio
o el verdor de tu jardín.
Sigue cantándome,
que no hay verso más bonito
ni canción más profunda
que la estallante melodía de tu risa.
Desconfía de los rumores,
porque no me cautivan los balcones;
que hay fachadas ricas, llenas de adornos,
maestras del engaño y la conveniencia
con miseria entre sus paredes
y vecinos de cartón piedra.
Mientras tanto,
yo,
que no soporto ver desordenados
mi pecho, mi vientre y mi nombre
por otra persona,
temiendo volverme un esclavo,
al verte
entiendo que no hay nada más puro
ni mayor libertad en esta vida
que la de tener como única patria
un pecho, un vientre, un nombre
correspondido, verdadero e infinito.
Si fuera preso de ese amor exaltado,
yo sería un feliz condenado.
Cuando nos terminemos el último vino,
amada carcelera,
tira la llave de mi prisión
y disfrutemos de nuestra íntima libertad
hasta que se nos acabe el tiempo
y el viento nos lleve hasta el océano.
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