En su afán, una luz clara de mañana
ha profanado el dintel de la puerta.
Al fondo, la plata está vertida
sobre un espeso mar de incienso.
Al pasar el umbral del coro, te cruzas
con rostros mezclados en tu recuerdo
junto a otros nuevos,
y escuchas la algarabía de las familias,
un oboe, un timbal, un tenor,
un violín esperando el sí de una campana
marcando las doce y cuarto,
y el llanto desvelado de un niño que antaño fuiste tú.
El eco de tus pisadas va marcando el ritmo
en el que luego cantarás el Ángelus.
Has aguardado este momento tantas veces
que el tiempo ha perdido su forma
para que puedas grabar este instante en tu alma.
Es Viernes de Dolores, hoy el presente te traspasa
mientras la Virgen del Valle, sola, quebrada de dolor,
llora en la cumbre su profunda pena.
En sus ojos verdes permanece, reflejada,
tu silueta deformada y centelleante
junto a la de los tuyos,
antes de que se apague la última vela
y te pierdas, junto a Ella, bajo el morado antifaz.
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