No quise conocerte, pero te vi
tras los huecos que dejaste en tu figura,
quizás buscando una orilla
donde descansar del aire envenenado.
Quieto estuvo el mar
donde resonaron
los rumores de tu presencia.
Te miré sin querer saber de ti,
como un niño miedoso,
y a tu alrededor verdeaba la yerba
con la luz de abril,
bajo un sol en plenitud cuyos rayos
ardientes y violentos
iban desvelando la verdad de mi deseo.
Ahora, cuando quiero ser dueño de mi libertad
me hallo todo desordenado, inmerso en ti,
condenado a la verdad serena
de tus labios,
donde marcas el tiempo en cada beso estrechado
y donde todo es, al fin,
el comienzo de una ventura sin rumbo.
No debí mirarte la primera vez que apareciste.
A quién pretendo engañar…
Si quise conocerte desde el primer instante que te vi.
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